sábado, marzo 14, 2015

el momento precontractual de toda sociedad moderna





El país detrás del 'usted no sabe quién soy yo'

Analistas aseguran que la polémica frase refleja una problemática social que merece atención.


 
Nicolás Gaviria (izq.) y el exsenador Eduardo Merlano.
Foto: Archivo / EL TIEMPO
Nicolás Gaviria (izq.) y el exsenador Eduardo Merlano.
Si Colombia fuera un país más democrático e igualitario, el ‘usted no sabe quién soy yo’ de Nicolás Gaviria jamás se habría producido.  (Lea: ¿Usted sabe quién es Nicolás Gaviria?)
Y aunque el acto fue repudiado por el conjunto de la sociedad y hasta el Presidente de la República se pronunció sobre el tema, queda claro que aún hay personas que piensan que no todos los colombianos son iguales ante la ley.
Así lo evidencia el video que el país entero vio y en el que Gaviria, de 29 años y en estado de embriaguez, agrede impunemente a unos policías que acudieron a atender un llamado por una riña del citado personaje con unos taxistas, en el norte de Bogotá.
Entre empujones, primero amenazó a los uniformados con enviarlos al Chocó; después intentó amedrentarlos con una supuesta llamada al director de la Policía, el general Rodolfo Palomino, y por último les advirtió que era sobrino del expresidente César Gaviria, cosa que resultó ser falsa.


El problema es que no se trata de un caso aislado. La lista deepisodios similares que han trascendido a la opinión públicarecientemente es larga.
El país aún tiene frescas las imágenes en las que un airado hijo del magistrado Luis Gabriel Miranda, en aquel entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, arremetió contra unos policías que se atrevieron a interrumpirlo cuando, al parecer, protagonizaba actos indecorosos con su novia a bordo de un carro oficial.


O el episodio del entonces senador Eduardo Merlano, que tras ser detenido conduciendo en estado de embriaguez y sin licencia, se negó a que le practicaran la prueba de alcoholemia e increpó a los agentes: “Llamemos al coronel de la Policía. ¿Cómo me va a tratar usted así? Llamemos a su superior y no pasa nada (...) Yo soy Senador de la República. ¿50 mil personas votaron por mí y ustedes me van a faltar al respeto?”.

El exsenador Eduardo Merlano. Foto: Archivo particular.
Apenas dos ejemplos de la extendida práctica del ‘usted no sabe quién soy yo’: personas que por abolengo, dinero o el cargo que ocupan reclaman unos privilegios que la ley no les concede, y pretenden ponerse por encima de los demás(Vea aquí: Los escándalos de la política colombiana)
Sin un contrato social
La Constitución ampara la igualdad entre todos los ciudadanos, y difícilmente alguien sostendría en público lo contrario, señala Jorge Ravagli, sociólogo y profesor de la Universidad de la Salle. Sin embargo, anota, “una cosa es el país legal y otra el país real”.
“Esto pasa porque funciona”, sentencia con crudeza el expresidente de la Corte Constitucional Carlos Gaviria, quien explica: “Uno sabe que aquí hay privilegios y que son tenidos en cuenta; que hay apellidos influyentes y que hay roles sociales que inmunizan frente a la actuación de la autoridad”. O como ironiza el periodista Daniel Samper Pizano, “porque aquí hay unos ‘más iguales’ que otros”.
Y el poder de esto se demuestra en que hasta la propia autoridad les teme a estas castas de supuestos privilegiados, y tiene una actitud muy cautelosa ante ellos.
Prueba de lo anterior es el regaño que recibieron los subalternos del mayor Gilberto Pulido, excomandante operativo de la policía de tránsito de Bogotá, cuando un grupo de sus hombres hizo bajar de un Uber al excapitán de la selección nacional de fútbol Mario Alberto Yepes. “Cómo hijueputas lo para un policía, lo baja del carro y le dice ‘no, es que esto es de Uber’, y lo ponen a esperar taxi (...) Pues sí, es un ciudadano común y corriente, pero es una estrella, que lo que diga él, nos botan. ¿Dónde está el comandante de ese policía?”, se le oye decir al oficial en un audio.
“La humanidad –agrega Ravagli– ha estado sujeta a representaciones de castas o linajes durante siglos, y la idea de la superioridad heredada tiene unos fundamentos culturales previos a la idea de ciudadanía y de igualdad ante la ley, que perviven en el subconsciente colectivo. Incluso los afectados o los no privilegiados también sustentan este sistema. No debería sorprendernos que estas conductas no se borren de un plumazo”.
Y esto es particularmente fuerte en sociedades como la colombiana, donde existen fronteras de segregación de clases muy potentes, apunta el abogado y politólogo Mauricio García Villegas, profesor de la Nacional: “Aquí las clases sociales nunca se encuentran, ni siquiera en el fútbol. Los ricos y los pobres solo se encuentran en situación de subordinación, cuando el rico tiene contratado al pobre para algún servicio, o algo así, pero en situación de ciudadanos nunca están juntos”.
En eso, la educación también juega un papel crucial: “A esta gente se le ha educado desde que nace en el hecho de que son personas importantes o poderosas, y que tienen que adoptar una posición de superioridad: ‘hacerse respetar’, ‘no dejarse’ ”, dice Camilo Herrera, consultor de la firma Raddar, encargada del Estudio Colombiano de Valores.
Es lo que Ravagli llama ‘la soberbia de la elite’, un sentido de honor que exige reaccionar ante cualquier agresión a ese estatus de superioridad, lo que genera mucha conflictividad.
Carlos Alberto Uribe, antropólogo de la Universidad de los Andes, lo califica de “intrusiones de nuestro pasado señorial y patriarcal en el presente”. Y dice: “Los criollos se autoproclamaban ‘blancos’, ‘españoles’ y, en consecuencia, ‘hidalgos’ (esto es, hijos de alguien importante), y creían que debían recibir respetos y reverencias especiales de mestizos, negros e indios, que componían el resto de la sociedad. Esos hidalgos son los remotos ancestros de nuestros ‘doctores’, generalmente hombres poseedores del conocimiento, en especial de la ley”.
García Villegas recuerda que “cuanto más arriba se estaba en la escala social, más fueros y libertades se tenían, y más abusos se permitían. Y la independencia, en vez de traer un nuevo contrato social, basado en la igualdad, potenció que un mayor número de gente quisiera tener el poder de desobedecer”.
Y eso sigue pasando hoy, dice Gaviria: “Somos conscientes de que hay una élite que está bastante al margen de las cargas y obligaciones sociales, y todo el mundo quiere insertarse en alguno de esos sectores, justamente para inmunizarse frente a la acción de la justicia o de la policía”.
Es la doctrina del camino fácil, la picaresca, el avivato, el que acorta caminos y utiliza métodos poco convencionales y poco legales para salir adelante con lo que se propone, “y que encima está muy bien visto y siempre ha sido celebrado”, dice el exsenador e investigador social John Sudarsky. Y añade: “Las roscas y los grupos de ayuda son mucho más importantes que los méritos, porque reflejan a gente que ‘la ha sabido hacer’. Esos elementos finalmente le ganan a la ley; nos quedamos en el momento precontractual de toda sociedad moderna”.
Depende del contexto
Sudarsky defiende que esta doctrina del ‘ventajismo’ se sustenta en que “todos lo hacen”.
García Villegas explica que “buena parte de lo que hace que las personas cumplan las normas e incluso se vuelvan altruistas es la reciprocidad: las personas cumplen más las normas cuando ven que los demás las cumplen. Está comprobado, por ejemplo, que la gente paga más impuestos cuando ve que la otra gente los paga, o que respeta una fila cuando el resto lo está haciendo. Un conductor de un carro que en Bogotá incumple todas las normas de tránsito, se va a Miami y de un momento a otro se vuelve el mejor conductor del mundo. Pero es muy difícil ser cumplidor en un ambiente donde se siente que si cumples, sales perdiendo”.
La huella del narcotráfico
Un potenciador importante de esta problemática ha sido el narcotráfico, que creó nuevas élites, pero despreciadas social y políticamente, que se abrieron paso a punta de dinero y de amenazas físicas a quienes cuestionaban su poder. Una situación que puede resumirse en otra frase muy extendida en nuestra sociedad: ‘usted no sabe con quién se está metiendo’.
“Estos nuevos ricos tenían la necesidad de ratificar su estatus socialmente, de ahí su ostentación obsesiva y también las amenazas a aquellos que no los respetaran”, comenta Ravagli.
“La gran y perversa herencia del narcotráfico es la idea de que el dinero es lo que da el estatus social, un estatus indiscutible que puede comprar autoridades, instituciones o personas, y que no tiene límite”, agrega.
La vieja noción del linaje tuvo que empezar a convivir con la de la plata pura y dura. Y eso comenzó a generar comportamientos como el del famoso futbolista Faustino Asprilla, quien hace 22 años desafió públicamente a un periodista con la siguiente frase: “Yo me gano 50 millones de pesos mensuales y usted no se gana nada”.
Un costo alto
La vieja expresión de que ‘la ley es para los de ruana’ demuestra hasta qué punto va la gravedad del problema en Colombia.
El exalcalde de Bogotá Antanas Mockus explica que cuando uno ve que las autoridades aplican el mismo criterio para todos “eso ayuda a aceptar más fácilmente el castigo, pero si usted ve unas personas que piensan que como tienen tal apellido (o mucho dinero), no las van a castigar, eso desmoraliza al que sí es castigado. Mi experiencia en la Alcaldía de Bogotá fue muy clara: cuando aplicas los mismos criterios siempre, la gente entiende que la ley es para todos y que a veces tiene que hacer un sacrificio para cumplirla. Una ley que sea aplicada con igual rigor para todos, es una ley legítima”.
Y Samper Pizano añade que es “muy importante que a la gente a la que se le falta el respeto, como a la policía, no importa cuán modestos sean, denuncien. En la medida en que lo hagan, los que creen tener privilegios se cuidarán mucho más de sacarlos a relucir en situaciones adversas”.
Las sanciones sociales son importantes. Y las redes están cumpliendo un nuevo y gran papel en este terreno, pero también se necesita que el Estado se haga sentir y defienda en la práctica los conceptos de igualdad y autoridad.
Un gran ejemplo de cómo deberían ser las cosas es la condena que recibió esta semana Andrew Mitchell, exministro de Cooperación Internacional del Reino Unido.
En el 2012, este alto funcionario acudió en bicicleta al domicilio del Primer Ministro. Los policías le pidieron que se bajara de la bici y entrara por la puerta peatonal. Pero el político los encaró y los llamó “jodidos plebeyos”.
La ofensa no solo lo obligó a renunciar, sino que, además, la justicia lo acaba de condenar a pagar 80.000 libras esterlinas (unos 311 millones de pesos) a los uniformados ofendidos.
Roberto Da Matta, antropólogo brasileño, dice que en casos de conflicto en las sociedades más modernas e igualitarias, como Francia o Estados Unidos, es muy frecuente escuchar la expresión ‘usted quién se cree’, que es una reacción ante quien se quiere poner por encima, justo lo contrario del ‘usted no sabe quién soy yo’.
Piden condenas más severas
Nicolás Gaviria podría pagar 5 años de prisión por agresión a servidor público, después de que agentes de la Policía denunciaron al joven. Incluso, el presidente, Juan Manuel Santos, dio la instrucción a los uniformados de que “cuando alguien se les enfrente envalentonado y le diga a cualquier patrullero o agente ‘usted no sabe quién soy yo’ inmediatamente lo lleven a la estación para que averigüen quién es. Tienen esas instrucciones”.(Lea también: Nicolás Gaviria ofrece disculpas al país por su comportamiento)
El general Rodolfo Palomino, director de la Policía, también señaló que el Código de Policía que se está tramitando en el Congreso incluye sanciones más fuertes. “La policía con mucha frecuencia se encuentra con estos casos, y la autoridad tiene que hacer cumplir las normas aunque traten de intimidarla”, advierte.
IRENE LARRAZ
Redacción Domingo

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