jueves, diciembre 28, 2017

#Clientelismo #Corrupción ... que lento cambias Colombia ... que lento empeoras en algunas cosas

Hace muchos años leí dos libros que me impactaron
uno fue la recién escrita constitución de 1991
y -afortunadamente- el libro EL CLIENTELISMO del Maestro Francisco Leal Buitrago, ya fallecido, a quien tuve la oportunidad de saludar alguna vez en los Andes.
Parte de su libro se puede descargar  (en google pdf) aquí https://drive.google.com/file/d/1_VjqnP7syqc3PasXIComVADHhsOtp4d9/view?usp=sharing

triste es entender que lasillavacia.com  encuentre formas identicas, pero MÁS CORRUPTAS de clientelismo, más de 20 años después

Por JINETH PRIETO · 26 DE DICIEMBRE DE 2017











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La maquinaria es para un político como las arterias al corazón. Si flaquea, el resto empieza a fallar.
Es más visible en temporada electoral y casi invisible los años en los que la campaña no está encendida. Pero eso no quiere decir que pare de trabajar. Siempre se mueve.
“Un político profesional o que aspire a serlo la cuida, la alimenta, la riega como una planta”, explicó un político que lleva 40 años activo.  
Hay de muchas clases. Está la maquinaria orgánica, está la maquinaria que se mueve solo con plata, la maquinaria de partido, y la maquinaria pública.
“Oigame bien, con excepción de unos pocos, pero muy pocos, los políticos necesitan de todas para ganar”, continuó.
La maquinaria orgánica es la de los amigos. Es orgánica porque la integran personas que realmente están dentro del llavero de un político y no piden plata para apoyarlos.
Esa es la misma que empuja a los independientes.
“Es gente que cree en el discurso, o en que uno es su paisano, o que es amigo de muchos años. Los políticos que posan de buenos dicen que son los únicos que tienen esa clase de apoyo, pues vea que no, también la tenemos a los que nos dicen malos”, agregó un senador.
El trabajo para mantenerla y hacerla crecer empieza exactamente después de la elección.
“Doctor, es que voy a bautizar a mi hijo y quería que usted y su esposa fueran los padrinos”.
“Doctora mi hija cumple 15 años. La invito a que nos acompañe en la celebración”.
“Doctor, aquí en el pueblo tenemos una fiesta, y queríamos que usted asistiera”.
“Doctor me van a sacar del Sisbén..”
“…Ayúdeme para que el servicio militar de mi hijo no sea en zona roja…”
El servicio del político debe ser 24/7. Tiene que estar presto a responder, a ayudar con lo que le pidan, o por lo menos en lo que más pueda. El que no teja esas relaciones pierde seguidores, y como sin amigos la campaña es más cara “entonces es mejor hacer buena cara”, agregó un representante. 
“Las obras también son importantes”, continuó. “A usted no le parece importante unas placas huellas en una vereda. Pero cuando uno está allá, y las inaugura hay agradecimiento, y seguro ahí uno puede encontrar unos voticos”. 
Arreglos de escuelas, tramos de vías, parques, canchas, canalizar quebradas, arreglar puentes. Hasta regalar ventiladores, televisores, planchas. Todas suman.
“La gente agradece. Yo tengo personas que aún me recuerdan cuando les regalé alguito y lo guardan”, explicó un político que manejará la campaña de otros dos en 2018.
Esa parte de la estructura también se teje repartiendo puestos. No hay nada que garantice más fidelidad que un empleo en un país en el que más de la mitad de la población vive en la informalidad.
Los que el político fideliza son los que nombra en cargos de carrera administrativa o en provisionalidad. Los que llegan por contrato de prestación de servicios hacen parte de la maquinaria pública.
Aquí entran cuotas en gobernaciones, alcaldías, en entidades nacionales y en fortines regionales. 
“Aquí lo importante es la necesidad. Ellos necesitan empleo y si usted sabe cómo moverse como político, les da puesto. Todo depende de lo que hayan hecho en las elecciones. Los que mueven muchos votos tienen los primeros y mejores puestos”, le explicó a La Silla un político que ha sido concejal, diputado, y alcalde.
Otro que tiene un recorrido similar nos describió esta maquinaria como el ‘multinivel’. 
La estructura es piramidal y en cada elección es donde tienen la oportunidad de escalar.
En la base están los líderes con menos votos pero que recibieron un contrato en una entidad pública por su esfuerzo, o los que reciben un contrato recomendados por algún líder fuerte. En cada nivel hacia arriba aumenta la categoría.
Entre esos eslabones intermedios están los cargos de coordinadores o enlaces, que son los que integran el primer círculo de confianza del político y hacen las veces de puentes con los niveles que están abajo de ellos.
Ascienden en cada elección porque dependen de su desempeño. Si se esfuerzan más poniendo votos o haciendo reuniones, en los cuatro años siguientes reciben un mejor contrato, o son considerados como candidatos. 
Incluso pueden llegar a la cabeza de la pirámide. 
Cuando eso sucede es porque le montan competencia a su jefe político, o porque le heredan.
“También hay atajos. Pero esos están reservados para emergencias como una condena o que el que uno tenía en mente ya no pueda por x o y razón”.
La estructura se mantiene con frecuencia a punta de generación de empleo financiada por la Alcaldía. 
El año pasado, un exalcalde preso por su participación en un homicidio y padrino de su sucesor, repartió 600 empleos de medio tiempo a todos sus líderes con un contrato de $16 mil millones.
En otra Gobernación, un representante a la Cámara que es pariente del gobernador tiene a una contratista que le dirige la entrega de beneficios a ediles y líderes.
Esos contratos de prestación de servicios  también se entregan en las corporaciones autónomas regionales y en entidades como el Sena, que son los fortines políticos por excelencia en los departamentos.
“Pero con esos hay que tener cuidado porque no dependen solo de uno. Si en Presidencia dan la orden de mover directores, uno se queda viendo un chispero”, nos dijo un senador.
En muchos casos los contratistas de prestación de servicios también sirven para mantener financieramente las estructuras. 
Hay políticos que cobran desde el 10 hasta el 50 por ciento del salario a sus cuotas. Eso se va para pagar la sede (muchos la mantienen abierta cuando no hay elecciones), para pagar actividades. 
Además, sus padrinos los ponen a vender boletas de rifas y a organizar bazares para sumar plata que utilizarán en la temporada electoral.
Pero hay “cariñitos de vuelta”, nos explicó un político.
“Usted se tiene que acordar de las fiestas de cumpleaños de todos. Un mensajito, una tarjetica, un vinito dependiendo de qué tan grande sea el apoyo. Usted no le va a dar lo mismo a un edil que a uno de sus financiadores, a esos un whisky de los mejores”, aseguró.
Los financiadores en la estructura son como el impulso del latido en el corazón. No se ven, solo se sienten y son los que en la mayoría de ocasiones marcan el ritmo al que se mueve un político. 
Hay dos tipos de financiadores. Políticos que financian a políticos y empresarios que financian a políticos.
Los primeros son generalmente los gamonales, con estructuras de años, con plata que han hecho a través de contratos. 
Los segundos son los difíciles de conseguir. Para un congresista el secreto es hacer más favores. 
“Que una cita con el Ministro, que apóyeme tal ley, que consiga que me atiendan en tal cosa. Ese agradecimiento se retribuye en votos”, nos explicó un congresista.
También hay una maquinaria que se mueve solo con plata, es la que se aceita para elecciones, y luego desaparece. 
Esa es la menos rentable. Es un mercado competido y en el que los políticos pierden la mayoría de la plata porque los líderes que no pertenecen a ninguna estructura salen a vender los mismos apoyos a diferentes políticos. 
Además, está la maquinaria del partido, pero esa solo funciona para cargos uninominales (Alcaldía, Gobernación, Presidencia). En el entretanto, cada quien está con su propio grupo.
“Aquí el secreto es hacer que todo esto funcione el día electoral. Si usted no hace que eso pase, está condenado a desaparecer o a tirarse la plata que no está escrita para salir elegido”.
Por NATALIA ARENAS · 30 DE DICIEMBRE DE 2017
X congreso Nacional de ediles en Pereira
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“Mire doctora, yo tengo 2.000 votos. Mi campaña vale 50 millones de pesos. Setenta, si no me puede conseguir los puestos para mi hija que se acabó de graduar de la universidad y para la esposa del presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio. Me los paga a cuotas, 30 por ciento para empezar -  se viene el Día de la madre y hay que conseguir para los mariachis y la rifa-, 30 por ciento en septiembre - el mes del amor y la amistad- y 40 para octubre cuando ya se calienta la campaña. Eso es lo que me está ofreciendo el Concejal X, ¿usted cuánto me va a dar?”
Cada vez que el calendario llama a elecciones, se reinaugura el mercado electoral. Y el primer eslabón de la cadena, los ediles que trabajan consiguiendo los votos, empiezan su trámite para definir con qué candidato les conviene irse para ganar las elecciones locales. Un ‘mercado’ que se rige como cualquiera, a punta de oferta y demanda. El candidato que logre sumar más ediles en sus filas, tendrá más posibilidades de ganar. Porque quien ha hecho campaña sabe que el poder de un político se mide por el tamaño de la corte que lo sigue.
Aunque, obvio, hay muy buenas excepciones y candidatos que no hacen nada de esto, el mercado de los ediles sí determina en buena parte cómo se ganan realmente las elecciones en ciudades como Bogotá. Sobre todo para aquellos políticos que no confían suficientemente en sus ideas.
La ‘doctora’ de esta historia es una concejal que en las elecciones de 2011 se eligió heredando los votos de su padrino que había resultado involucrado en el cartel de la contratación que se robó la capital.
Para las elecciones de 2015, aunque en teoría su estructura todavía contaba  con ediles en 11 de las 20 localidades, el tiempo hizo languidecer las lealtades que en política, sobre todo en la clientelista, son lo más importante. Por eso, redobló sus apuestas.
Ella es una de las cinco concejales y ediles con la que La Silla reconstruyó cómo funciona el mercado de los ediles en Bogotá.
Aunque sus relatos fueron tomados en vísperas de las elecciones regionales de 2015, la práctica se replica en las elecciones al Congreso, porque ellos suelen ser la base de una maquinaria más grande que casi siempre encabeza un senador.
Así, este mercado se mantiene vigente de elección en elección y empieza por definir el precio del edil a partir de tres variables: la oferta, la localidad a la que pertenece y su trabajo con la comunidad.
La primera está determinada por las novedades que trae la temporada.
En Bogotá hay 182 ediles que se reparten en las 20 localidades. Dependiendo del tamaño, cada localidad puede tener entre siete, nueve y once ediles. Se eligen por votación popular en las elecciones regionales y para lograr una curul necesitan, en promedio, entre mil y cinco mil votos.
Los que entran al mercado son de dos tipos.
Están, por un lado, los ediles nuevos. Suelen ser líderes barriales que quieren dar un salto a la Junta Administradora Local y aunque no ofrecen muchos votos (100 y 500 es lo estimado) no son tan costosos porque no tienen trayectoria política.
La transacción con ellos es la más simple de todas: candidato y edil comparten los gastos en publicidad y en logística de los eventos y las reuniones de la campaña. Un combo que no pasa de 20 millones de pesos y que incluye el tradicional TLC - Tamal, Lechona y Cerveza- y el pago del salón comunal.
Por otro lado, están los ediles con credencial que entraron al mercado porque se quedaron ‘huerfanos’, ya sea porque su anterior padrino no les cumplió y por eso decidieron buscar otros horizontes, o porque su padrino terminó destituido o preso, o porque simplemente no va a aspirar más. Y los que aún con padrino vigente quieren apuntarle a uno mejor.
Su ventaja en ambos casos es que ya se han hecho contar y por tanto su capacidad de endosar votos -que es en últimas lo que más importa- es medible. “Es la magnitud de lo que aportan”, dice la ‘doctora’.
Un edil que sacó 500 votos y le puso 400 a su candidato en las elecciones de 2011 tiene un ochenta por ciento de capacidad de endosar. Otros sólo logran endosar entre el 30 y el 40 por ciento. A mayor capacidad de endoso, mayor tarifa, y algunos llegan a cobrar entre  50 y 80 millones sólo por los votos que prometen.
La segunda variable es el tamaño y el tipo de localidad en la que fue elegido o se quiere hacer elegir el edil. No es lo mismo ser edil en Kennedy, que tiene el tamaño de Cartagena, que de La Candelaria.
Las otras localidades más cotizadas en Bogotá son Bosa, Ciudad Bolívar, Suba y Engativá. Es decir, las más grandes y las que tienen más población en estratos 0, 1, y 2.
El problema es que en esas localidades "la gente no vota" y por eso terminan siendo las más costosas, según explicó otro concejal consultado que hace parte del grupo de un senador costeño.   
Además, en esas localidades los ediles necesitaron entre 3 y 4 mil votos, mientras que en las pequeñas como Mártires o Santa Fé necesitan solo mil. Eso implica que aún si su porcentaje de endoso es menor, hay más votos de por medio.
La consecuencia en todo caso es que en esas localidades suelen jugar los duros del negocio, que además, suelen estar dispuestos a pagar tarifas mucho más altas.
Y finalmente está la variable de cómo el edil ‘atiende a sus electores’. Es decir, cómo reparte la mermelada para mantener aceitada su maquinaria de elección en elección.
Las juntas de acción comunal funcionan como concejos en cada localidad, hacen proyectos de acuerdo relacionados al plan de desarrollo de las alcaldías locales, avalan los presupuestos de cada localidad y eligen la terna para escoger al alcalde local de cada localidad.
Además, pueden citar al alcalde local para hacerle control político. Es como un Congreso pero en micro. Y con la diferencia -nada despreciable- de que los funcionarios de la alcaldía local no están obligados a asistir a esos debates.
En la práctica, además, son el primer eslabón entre el político nacional o distrital y los ciudadanos de a pie. Pero a diferencia de los líderes barriales o ‘puya ojos’, se han hecho contar y pueden ‘gestionar’ contratos y convenios con las alcaldías locales.
Usualmente en Bogotá, dependiendo del peso político de un edil y de su cercanía con el alcalde local, puede ‘recomendar’ a un contratista o una fundación de su cuerda para que realice obras tan variadas como la pavimentación de la vía del barrio o el campeonato de fútbol local. De paso, como ocurre en Kennedy, recibe el rédito político de la obra al dejar la huella de su movimiento político en la valla que anuncia la obra o el programa.
También son quienes terminan por definir cómo se llenan los cupos para ingresar a un programa social del distrito o a un paseo que paga la administración. Y los que están pendientes de organizar las fiestas importantes como la del día de la Madre o la Navidad en el barrio en las que los políticos de más alto rango van a darse un baño de popularidad.
Antes de que empiece la puja, como nos contaron los candidatos, ellos se sientan con sus colegas para definir cómo están repartidas las cargas y cuáles ediles están fuera del mercado. La falta de honestidad en este punto puede resultar muy costosa porque siempre hay avivatos que ofrecen sus servicios a más de uno y al final, no le cumplen a ninguno.
En este negocio gana el que ofrezca más y lo haga más rápido. “Es como una subasta”, dijo uno de los consultados. Además, un edil fuerte suele traer a otros que también le quieren apostar a un buen candidato.
El trato se concreta a unos cuatro meses de las elecciones y se terminan de cuadrar los detalles de la logística: cuántas reuniones, con qué frecuencia, dónde, cuánta y dónde se pega la publicidad. (En promedio, un paquete de 10 a 12 reuniones cuesta 15 millones de pesos). La tarifa del edil va aparte y depende de las variables que ya explicamos.
Lo último que se define es el mecanismo de pago. Aunque hay quienes cobran mensualmente, la mayoría difiere los pagos en cuotas durante el tiempo que dure la campaña. El último pago -que suele ser el más grande- se paga entre un mes y dos semanas antes del cierre de la campaña.
Luego están los pagos en especie, es decir, los puestos que garantiza el político a los que lo ayudaron en su campaña y que se pagan una vez el político resulte elegido. Los beneficiarios en este caso son los familiares del edil y los líderes que conforman su estructura, como los presidentes de las juntas de acción comunal y los líderes de los barrios.
La mayoría son OPS -órdenes de prestación de servicios- en entidades o secretarías de la administración distrital. Para conseguirlas, los concejales se apoyan en los amigos, que usualmente son cuotas de la misma estructura que lo ayudó a elegirse. Con esos mismos amigos se tramitan los ascensos de los que ya trabajan en esas entidades.
La última opción son los puestos en la Unidad de Apoyo Normativo del concejal que resulta electo. Son hasta 12 cargos con salarios mensuales, con todas las prestaciones que obliga la ley, en la escala de 1.5 a nueve millones de pesos. Son los que los políticos guardan con mayor recelo y con los que se suelen quedar los alfiles más claves de la campaña. Aunque eso no significa réditos para el político.
“Yo contraté a la hija de un líder que me ayudó en mi campaña y en los cuatro años nunca fue a la oficina en el Concejo. Una vez la llamé para pedirle que al menos trabajara moviendo las redes sociales desde su casa y me respondió que no, que su papá ya había cumplido con su parte”, contó la concejal.
El pago tampoco garantiza el trabajo porque en últimas, como nos dijo otro concejal, “lo que se compra es la lealtad”. “Hay que estar encima de ellos porque sales tumbado cuando juegan con otro o cuando reparten los votos”.
“Estar encima de ellos” significa gastar también parte de los recursos en una avanzada de monitoreo y supervisión que se encarga de ir frecuentemente a los barrios y reuniones para verificar que el edil esté cumpliendo con su parte. Las avanzadas incluso se quedan más allá de la reunión de su político para revisar que a la reunión de su competencia no vaya la misma gente. O que al edil no le de por terminar una reunión, bajar los afiches con la cara del candidato y colgar unos nuevos con la cara de otro.
Al final, de todas formas, es un acto de fe. “Todo se basa en la confianza. Ni ellos saben cuántos votos te van a poner”. El único control que sirve es el que se hace el día de las elecciones cuando la suerte ya está echada.

Nota: Estos capítulos hacen parte de un libro que sacará La Silla Vacía en unos meses sobre cómo se alcanza y se reproduce el poder.

en http://lasillavacia.com/como-se-mantiene-la-maquinaria-64055 

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