EL CUENTO DE LOS VICE_PRESIDENTES
EL CUENTO DE LOS VICE_PRESIDENTES
Por: Orlando Parra G
Antes de 1819, la vicepresidencia en Colombia fue una fantasía institucional. No había nación, pero sí señores respetables con cargo, como Domínguez del Castillo en Cundinamarca, Arango y González en Antioquia, Rodríguez Torices en Cartagena, Jorge Tadeo Lozano, y otros. Todos vicepresidentes de algo que cambiaba de nombre más rápido que de constitución. Cada provincia se creía el centro del universo republicano, y cada vicepresidente vivía convencido de que estaba a un acta solemne de entrar en la historia grande. Era la Patria Boba: Eso seguimos siendo ¿somos o nos creen bobos?
La vicepresidencia, en este
período, no servía para reemplazar presidentes, sino para aclimatar ambición,
entrenar egos y cultivar la convicción —muy nuestra— de que el problema nunca
es el cargo, sino que todavía no te toca a ti: la fila india…
Con 1819 llegó la República “de
verdad” y, con ella, el verdadero drama: el vicepresidente aprendió a esperar…
y a morder. El dúo Bolívar –Santander fue el piloto: uno libertador permanente,
el otro vicepresidente administrativo. El experimento salió tan mal que Bolívar
decidió resolver el problema eliminando el cargo antes que a la persona:
Santander prefirió eliminar a la persona: lo intentó un Diciembre.
Desde ahí, la vicepresidencia quedó
marcada. Décadas después, Marroquín perfeccionó la técnica: empezó como
vicepresidente decoroso y terminó derrocando al presidente Sanclemente en plena
Guerra de los Mil Días, demostrando que el puesto no era una muleta
institucional, sino un trampolín. González, vicepresidente de Rafael Reyes,
tampoco ayudó a mejorar la reputación del cargo cuando apareció en la escena
del derrocamiento de su presidente.
Para finales del siglo XIX, el
mensaje era evidente: en Colombia, el vicepresidente no reemplaza al presidente
cuando falta; lo reemplaza cuando flaquea. Por eso en 1905 se suprimió la
vicepresidencia: se había vuelto demasiado competente en el peor momento. Se
inventó el Designado Presidencial, un cargo pensado para no incomodar a nadie…
El designado no hacía campaña, no
aspiraba —al menos oficialmente— y no pedía nada: esperaba. Personajes como Holguín
Mallarino, Lleras Camargo aprendieron ese arte sutil y profundamente
“polombiano”: estar preparados sin estorbar. Echandía, dijo “el poder no se
ejerce, se administra”; Urdaneta gobernó mientras Laureano estaba enfermo, pero
Rojas Pinilla, le recordó que el designado estaba para reemplazar presidentes…
no para serlo, y lo tumbó, con el aplauso de liberales y conservadores.
Durante casi un siglo, el sistema
funcionó con una lógica simple: mejor un sustituto sin capital político propio
que otro vicepresidente con ideas propias. Tan bien funcionó que, bajo Gaviria,
el régimen tuvo dos: Jaramillo Correa y luego Juan Manuel Santos Calderón, el
último designado ya en régimen transitorio (1992–1994), quien cerró esa
institución ¿para siempre?…
Curioso que en 1991 se decidiera
“volver a correr el riesgo”: después de 86 años de calma burocrática, alguien
pensó que ya era hora de resucitar la vicepresidencia. Con bozal, claro, creyendo
que el país había madurado. Lo que siguió fue un largo experimento hacia un Manual
práctico para aprender a estorbar sin ser peligroso
De la Calle fue el primer vicepresidente
electo en urnas -cuota directa de Gaviria- bajo la nueva constitución, lo cual
ya era un honor…pero el Proceso 8.000 convirtió la vicepresidencia en una
trinchera imposible. Don Humberto tenía ¡lo peor!: autoridad moral. Y en
un gobierno que, COMO OTROS ANTES Y DESPUÉS, ganó las elecciones con platas
delincuenciales solo que a ese lo grabaron [ por cierto hoy hay uno
grabado, pero el esperpento moral gobernante les da para tener al grabado de
jefe de los ministros … ¡hágame el - - favor! ] así, De La Calle renunció, inaugurando la
primera función empírica del cargo: salir con dignidad cuando el presidente carece
de ella. Eran otras épocas, hoy nadie renuncia.
Entonces, pusieron al exmilitante
Comunista que había afirmado el “brazo político de las FARC es la Unión Patriótica.
Se van a enojar porque les estoy diciendo esto, pero ellos saben que es así”, a
Carlos Lemos Simmonds. Fue el regreso fantasmal del viejo designado, pero con
nuevo nombre
A Bell Lemus, Pastrana lo eligió
gestor territorial (Caribe) y cumplió: no competir, pero sí ejecutar. El
movimiento clave fue su designación como Ministro de Defensa (2001–2002), en un
momento en que ese sector concentraba más del 12 % del gasto público nacional. Aquí
la vicepresidencia mostró por primera vez poder real delegado. No incomodó
porque administró, no opinó.
Llegó “Pachito” Santos: Ocupado,
vigilado y lejos del centro. Dedicado a secuestros, derechos humanos, minas
antipersonales, diplomacia. Lección aprendida: el vicepresidente puede hablar
mucho, siempre que el presidente hable más. Duró los 8 años.
Con otro excomunista, Angelino Garzón
-cuota directa de Alvaro Uribe- apareció un problema nuevo: el vicepresidente
que opina en público. Santos buscaba equilibrio, coalición amplia y disciplina
discursiva; Garzón representaba la espontaneidad verbal de su patrón. El choque
fue constante. Molestaba por lo que decía, no por lo que podía hacer. La
lección fue hablar no es gobernar, pero sí incomodar. Salió al siguiente periodo.
Llegó Vargas “coscorrón” Lleras.
El vicepresidente con más poder material
real desde 1994 y, paradójicamente: Coordinó vivienda, infraestructura y
transporte; manejó grandes proyectos, cronogramas, contratos y presupuesto
duro. Pero todo ese poder no sirvió para la sucesión. Cuando renunció para
competir por la Presidencia, el músculo administrativo no se tradujo en votos. Pesó
más la palabra “coscorrón”: esa ballena de la derecha se adelantó unos
meses a la del centro. Naranjo cerró el cuatrienio.
Marta Lucía Ramírez llegó con peso propio, experiencia
y agenda. El roce más que escandaloso, fue estructural: De lejos, pero por
muchísimo, estaba más calificada para el cargo que el desastre Duque.
Y llegamos a Francia, digo,
a Márquez. Resumen lamentable e irritante: primero usada como símbolo, y luego
desechada.
¿Quiénes son hoy? Quilcué,
indígena, como la afro, viene de resistir, marchar, denunciar y sobrevivir, no
de administrar. Si llegara -desafortunadamente para ella y todos- le
vaticinó un futuro similar al de su antecesora. Oviedo, lo pusieron ahí dizque
para atraer el centro, si a Martha Lucia la bloquearon, Daniel sería “usada
como símbolo, y luego desechada”: la derecha y la izquierda están llenas de
maricas, pero son homofóbicas…en el mundo. Restrepo viene de decir “no
hay plata”, si llega recordaría que el déficit -que ya lo hay- también castiga
al poder: por más loco que esté su presidente. Bonilla (la mía) representa la
idea persistente de que gobernar se hace desde la experiencia. Se me acabó el
espacio… y las ganas.
En resumen, mire quien es el
presidente, el vice, ni siquiera es un segundo al mando, nunca lo ha sido -hoy
ni hay Vice, salvo el sueldo y el helicóptero- ni lo será, es una
figura simbólica, usada para sumar, o porque por acuerdos les toca ponerlo ahí,
al gobernar o es decorativo, o es incómodo, su poder real depende …mejor relea
el texto.
Orlando Parra G es Mg Historia - Candidato a doctor (PhD) en Ciudad.
https://oparrahistoria.blogspot.com/
Tiktok @OParraVida
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