domingo, octubre 26, 2014

La paz sin engaños’, diez procesos de paz en Colombia en los últimos 65 años

La mala suerte de los diez intentos de paz que ha tenido Colombia

Un estudio dice que hay una paz engañosa que nunca toca las causas verdaderas del conflicto.
Proceso de paz, Iván Márquez, Jesús Santrich, FARC, Kienyke
Los colombianos recuerdan el fallido intento de paz con las Farc en el Caguán, hace más de diez años. Muchos también tienen presente el esfuerzo hecho durante el gobierno de Belisario Betancur, que fracasó posteriormente por la persecución sufrida por los desmovilizados. Incluso saben de la paz alcanzada con el M-19, pues varios de sus exmilitantes son líderes políticos en la actualidad.
Pero, ¿se imaginarán los ciudadanos que no sólo ha habido esos tres esfuerzos por lograr la pacificación nacional en los últimos 65 años? ¿Sabrán que hubo otros siete intentos que tampoco tuvieron resultado favorable pues repetían siempre los mismos errores?
Este revelador planteamiento es hecho por el docente e investigador colombiano Mario Ramírez-Orozco, doctor en estudios latinoamericanos y autor del libro ‘La paz sin engaños’, el documento en el que le cuenta a los colombianos que antes de la mesa de La Habana, y desde mediados del siglo pasado, ha habido diez intentos que no han traído la paz.
“El título La paz sin engaños lleva a plantear que hay una paz engañosa, y es la que nunca toca las causas verdaderas que origina un conflicto, que no es solo armado, sino político y social. En Colombia siempre ha habido conflicto y siempre ha habido procesos de paz, pero nunca se ha tocado algo fundamental: las causas estructurales del conflicto”, dice en conversación conKienyKe.com el experto Ramírez-Orozco, quien describirá a continuación cada una de las diez oportunidades que trataron de acabar con la guerra, y las lecciones que dejaron para que esta, la undécima, sea la vencida.
Primer intento de paz, tras el Bogotazo
Sin duda uno de los puntos de quiebre en la historia de Colombia fue el Bogotazo. El hecho de suma violencia e ira, tras el asesinato el 9 de abril de 1948 del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, generó una nueva oleada de confrontaciones y polarización que, para muchos como el experto Ramírez-Orozco, implicó especialmente el cambio del tipo de guerra conocida hasta entonces.
“La gente no ha entendido que siempre hemos estado en guerra, pero la percepción de la guerra es lo que cambia. Cuando se firma una ‘paz’, usualmente esta involucra a muy poca gente”, anticipó.
“Tras la muerte de Gaitán, se crea todo un movimiento de pacificación pero que se expresa de manera violenta”, expone el docente sobre la que sería la estrategia gubernamental adoptada entonces tanto por Mariano Ospina (Presidente 1946-1950) como por Laureano Gómez (1950-1951), para ahogar las violencias regionales.
A través del Estado se crean grupos paramilitares, relacionados con agentes gubernamentales y las fuerzas policiales. Estos agentes tratarían de apaciguar la sangrienta división entre ‘godos y cachiporros’ acentuada en provincia, al tiempo que desde las jerarquías conservadoras y liberales se trataba de calmar a las bases, dedicadas a la guerra.
Bogotazo, Kienyke

El ‘Bogotazo’. Sanear la ira popular implicó un intento de proceso de paz con grupos armados partidistas.
“Durante Laureano Gómez, las élites partidistas deciden llamar a las fuerzas militares para que tomen el poder de manera transitoria y concretar la pacificación del país. Esa paz incluye pedir a las guerrillas liberales del llano que se desmovilicen, pero sólo una parte lo acepta. La jerarquía que les hace ese pedido queda como traicionera y se quiebran sus relaciones con las bases. Persisten pequeños grupos armados que se meten llano adentro y se apoderan de terrenos sin control del Estado”. Esos imperios regionales se conocerían por los conservadores a ultranza como ‘repúblicas independientes’.
-A propósito de este desenlace, ¿acaso no se piensa lo mismo respecto a la guerrilla raza con sus jerarquías? ¿Las bases guerrilleras no podrían llegar a dar la espalda a las élites o mandos altos que negocian en Cuba?
-Es que en las Farc sí ha habido consecuencia de grupo. Las Farc, en todo este proceso, ha demostrado control entre las bases y la jerarquía.
-¿Para usted no hay fricciones dentro de la guerrilla?
-Las Farc tuvieron un cambio importante. Al ser derrotada la parte militar, los cuadros altos como ‘Mono Jojoy’ y ‘Raúl Reyes’, volvió a tener peso la línea política. Por eso es más fácil negociar hoy que hace cinco años, porque la mesa del Caguán era la línea militar, mientras que la de hoy en La Habana es la política. ‘Timochenko’ es cuadro político, ‘Iván Márquez’  también; ‘Pablo Catatumbo’, aunque tenga mando militar, es de cuadro político. La parte militar en el Caguán, por desgracia, degradó la parte política.
Segundo intento de paz, la dictadura
Este proceso no fue exactamente negociado. El gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla, a partir de 1953, trataba de frenar la ola de terror auspiciada por bandas tanto conservadoras como liberales en las regiones. Entonces promulgó un plan de pacificación que pretendía la desmovilización de grupos guerrilleros, sin que se obtuviera efectivo resultado. En las negociaciones de entonces con el gobierno, grupos armados de Antioquia y Tolima emitieron una circular con las exigencias para su desmovilización, la cual tuvo beneplácito de la dictadura. Fue una de las más grandes desmovilizaciones armadas del siglo pasado: más de seis mil quinientos hombres hicieron entrega de armamentos. Sin embargo muchos insurgentes que se negaron a rendirse, se internaron en las selvas o se dedicaron al bandolerismo.
Mario Ramirez, La paz sin engaños, Kienyke

Mario Ramírez-Orozco, autor de ‘La paz sin engaños’, investigó diez procesos de paz en Colombia en los últimos 65 años. 
Tercer intento de paz, la excluyente
“Este periodo partió y agudizó el conflicto”, advierte el profesor Mario Ramírez-Orozco. El Frente Nacional es también considerado un “proceso de paz”; entre 1958 y 1974 liberales y conservadores pactaron dividirse el poder como supuesta estrategia para frenar el baño de sangre por las diferentes partidistas. “Es una paz que por decreto decía que los cargos públicos eran bipartidistas, es decir, era excluyente. Se exigía por ley que quien asumiera el cargo debía firmar su afiliación política. Entonces excluían al resto. El país se acostumbró a ver una repartición de poderes que además dividió al país”.
Cuarto intento de paz, la represiva
El siguiente intento de paz consistió en la criminalización de la disidencia, tal como expone el autor de ‘La paz sin engaños’. “Los paros, movimientos cívicos y movimientos sociales empiezan a reprimirse. Paralelo a esa ‘paz’ represiva, que trata de evitar brotes de violencia, se crea un sistema jurídico de represión, con estatutos de seguridad. Se criminaliza la protesta en un sistema democrático”. Este escenario habría abarcado los gobiernos  de López Michelsen (1974-1978) y Julio César Turbay (1978-1982).
Quinto intento de paz, la objetiva
Es la primera vez que el gobierno se sienta en condición de igual negociador frente a un grupo armado ilegal. Lo hizo entonces Belisario Betancur, en 1982, y consiguió sentarse en la mesa con las Farc, que entonces llevaban menos de dos décadas de operación. “Por primera vez, un presidente consideró las cusas objetivas de la violencia en Colombia: el tema de la tierra, desigualdad… Hasta entonces incluso políticos conservadores llegaron a decir que en el país no había lucha de clases, sino envidia. Belisario reconoció las causas estructurales del conflicto”, explica el doctor en estudios latinoamericano.
-Entonces ¿por qué fracasó?
-El incumplimiento. Dentro de la jerarquía de poderes, dejaron solo a Belisario con su retórica y no hubo cambios. Hubo guerra sucia. Las Farc plantearon una movilización parcial y se creó la Unión Patriótica. Cuando entraban al escenario político, sucedió el exterminio.
-¿Cuál lección nos deja ese proceso?, para cuidar que el error no se repita en este
-Firmaron cosas que no cumplieron. Se firmó que iba a haber garantías políticas para un sector que se desmovilizaba, y que en sus zonas de confluencia entrarían a ganar espacios por acción política y no armada. Pero sucedió una guerra sucia. Es más, creo que no toda Colombia aún sea consciente de lo que fue esa guerra sucia, que dañó el proceso de paz.
-¿Quizá por eso hubo tanto énfasis en el punto de participación política en la agenda de La Habana?
-Por eso ellos se demoran en entregar un resultado concreto: buscan asegurarse que hoy tendrían todas las garantías.
Sexto intento de paz, sin tregua
Este se da cuando se negocia con grupos armados diferentes a las Farc, que tienen interés en realizar una negociación. Especialmente los esfuerzos se dieron durante el gobierno de Virgilio Barco Vargas y César Gaviria. “Se abre un espacio de paz y se desmovilizan grupos como el M-19, el movimiento armado Quintín Lame, una parte del EPL y el PRT. Muchos de ellos piden inclusión social y política; es la apertura para una paz que origine la Constituyente de 1991. Aunque dicha constitución nace viciada, pues siguen las acciones de las Farc y el ELN”, explica.
Carlos Pizarro, Kienyke

(Archivo) Carlos Pizarro Leongómez en la desmovilización del M-19. Fue uno de los candidatos presidenciales asesinados por la extrema derecha.
Séptimo intento de paz, la Constitución
La investigación de Mario Ramírez-Orozco se refiere en este intento al periodo entre 1990 y 1998. “Entramos en algo paradójico: Tuvimos una Constitución muy avanzada, que sirvió como carta de paz, pero que de inmediato continúan las modificaciones que la desvirtúan. En el papel, la constitución es linda, pero las reglamentaciones van quitándole y quitándole belleza”.
En este escenario, el intento de paz consistió en que había unas fuerzas que habían decidido dejar la lucha armada y trataron de incluirse en el escenario político mediante garantías otorgadas por una nueva carta Magna. Pero no les queda fácil: siguen las persecuciones contra los desmovilizados y se encuentran con pocas garantías de participación. “Muchos de ellos quisieron seguir insistiendo en la legalidad; si lo hubieran preferido, habrían vuelto al monte a tomar las armas”.
Octavo intento de paz, “el plan garrote”
En el libro La paz sin engaños, el “plan garrote” hace referencia al Plan Colombia, el acuerdo bilateral entre Bogotá y Washington suscrito al inicio del gobierno de Andrés Pastrana que pretendía terminar con el conflicto armado interno a través de la guerra contra los grupos ilegales que se habían vuelto organizaciones del narcotráfico. “Argumentan que esto es un problema de narcotráfico y que las Farc ya no son guerrilla ideológica sino narcotraficante. Eso da todo un giro al conflicto”, asevera Ramírez-Orozco.
Al ver el insuficiente resultado de este proceso, Andrés Pastrana emprende la búsqueda del que sería el siguiente paso hacia la paz, que en el imaginario nacional quedaría como el último gran intento para obtener una salida negociada a la guerra con un grupo sumamente fortalecido en la nación: la guerrilla de las Farc.
Noveno intento de paz, El Caguán
“Justo cuando inicia Pastrana, llega el Plan Colombia. Al tiempo que Pastrana va y se reúne con ‘Manuel Marulanda, Titorfijo’, le planteó iniciar un proceso con doble discurso: habló de paz con las Farc, pero al tiempo hacían Plan Colombia. Con esto, las dos partes no estaban convencidas del proceso. La guerrilla veía con mucha desconfianza lo que pasaría que ellos por el Plan Colombia”, introduce el experto.
Proceso de paz, Andrés Pastrana, La silla vacia, Kienyke

El famoso episodio de ‘La silla vacía’ dejó ver que los diálogos de paz en el Caguán no empezaban con pie derecho. 
El desenlace de este intento el país lo recuerda claramente. Una amplia zona de distensión que sirvió a los subversivos para fortalecerse militarmente, y debilitarse al mismo tiempo en sus motivaciones ideológicas. Perdieron legitimidad y se convirtieron en organización de terror en gran parte del país. Entonces estaban dispuestos a llegar al poder por vía militar y tenían motivos para creer que lo harían. Tras el fracaso de las mesas del Caguán, fue elegido durante dos periodos el expresidente Álvaro Uribe quien implantó una estrategia de lucha frontal contra los rebeldes que los volvió a debilitar, especialmente por el cerco o la baja a sus principales cabecillas.
Décimo intento de paz, “las paces entre amigos”
Mientras que avanzaba con fuerza la maquinaria de la seguridad democrática y las Farc se encontraban arrinconadas por el poder estatal, el gobierno decidió avanzar en el desmantelamiento de un engendro que también generaba violencia: el paramilitarismo.
El proceso que puso fin a las Autodefensas Unidas de Colombia dejó un sinsabor sobre el fin de los grupos armados contrainsurgentes y para muchos este resultado, aunque haya sido acordado, no puede llamarse un proceso de paz. “Es paradójico porque en el caso de las AUC no sería un ‘enemigo’ con quién va a entrar en paz. Nunca aparecía el paramilitarismo como enemigo del Estado. ¿Por qué iba a entrar en paz con el que no es enemigo? Sería diferente si el paramilitarismo hubiera entrado en paz con la guerrilla. Por eso, con una precisión teórica, se dice que las AUC se desmovilizaron pero no bajo consideraciones de un proceso de paz”.
Un aparente mal resultado en el proceso de transición a la vida civil hizo que muchos de los que fueron miembros de las AUC conformaran nuevos grupos armados emergentes, conocidos como bandas criminales.
Y estamos en el undécimo, ¿la vencida?
Para el especialista Mario Ramírez-Orozco, en este nuevo intento de paz hay consideraciones de las últimas décadas que impregnan de buen viento el propósito de poner fin al conflicto. “Ahora es totalmente diferente ya que por parte de las Farc encontramos que su línea militar fue sacudida por las muertes de sus jefes; ‘Tirofijo’, ‘Raúl Reyes’, el ‘Mono Jojoy’ e incluso ‘Alfonso Cano’”. En otras palabras, la línea ideológica que está sentada en Cuba tendría voluntad para acabar con la lucha armada.
La historia ha enseñado a los colombianos a pensar soluciones de fondo al contrario de lo que se conoce como ‘la paz posible’, que se refiere a la única firma de un papel que sugiera el fin de un conflicto, pero sin evaluar el mejor postconflicto.
“El reto es que no se quede en esa ‘paz posible’. Pero en este proceso (en Cuba) hemos visto que hay buenos avances. Por ejemplo la forma como se ha planteado el tema agrario en la negociación, ya sería casi una revolución agraria en Colombia más que una reforma”, opinó el escritor.
Los actores en conflicto tienen que cumplir el principal esfuerzo de paz. La sociedad colombiana también tiene su tarea en ese propósito, como lo tuvieron muchas poblaciones que salieron de la guerra. “Alemania pasó dos guerras mundiales. Y hoy muchos son hijos y nietos de nazis. Al hacerse la postguerra, a esos descendientes no los desaparecieron, sino que les dieron espacios políticos y sociales para que cambiaran. Tenemos generaciones nuevas para crear nuevos perfiles de colombianos”, concluye Ramírez-Orozco.
La paz con engaños es la que deja un sabor de frustración cuando, luego de firmar un papel y publicar una foto con el apretón de manos, no existe plan de reinserción social y política. ¿Querrá Colombia darse la oportunidad para que esta vez, la undécima en más de medio siglo, sí sea la vencida?

martes, octubre 14, 2014

Guerras Recicladas

Las mentiras que nos creímos de Carlos Castaño y otros ‘paras’

María Teresa Ronderos lanza el libro 'Guerras Recicladas', historia del paramilitarismo en Colombia.
Carlos Castaño, jefe paramilitar muerto por su hermano
La periodista María Teresa Ronderos lanza este jueves 2 de octubre su libro ‘Guerras Recicladas‘, la historia del paramilitarismo en Colombia. Una visión política de este fenómeno que impactó (impacta) a la sociedad colombiana.
En él la autora denuncia que el país le compró a los paramilitares, entre ellos a los hermanos Castaño Gil, una mentira que se diluyó con el tiempo.
(Escuche la opinión de María Teresa Ronderos sobre el clan Castaño Gil):
Es un libro de más de 380 páginas que la autora describe como un texto de tono narrativo-no analítico, “tiene una carga documental, es un enorme reportaje, con crónica y hasta perfil”. Además cuenta con una introducción deJames A. Robinson quien resume el texto diciendo: “María Teresa es una periodista y su aspiración en este libro fue la de precisar los hechos y contar por primera vez la historia real del auge de la más reciente oleada deparamilitarismo en Colombia (…) es un corte transversal, una crucial tajada caleidoscópica de cómo Colombia funciona realmente.”
Ronderos aclara que no es un libro enfocado en la faceta judicial del problema, explorada con éxito en otros textos, sino en la parte política.
La periodista, directora del portal VerdadAbierta.com y directora del Programa de Periodismo Independiente de la Open Society Foundations compartió conKienyKe.com algunas ideas centrales de su texto.
Maria Teresa Ronderos, periodista
María Teresa Ronderos lanzó su libro ‘Guerras Recicladas’, una historia del paramilitarismo en Colombia. 
Usted aclara que el libro no es una historia total del paramilitarismo sino que rescata momentos sobresalientes del fenómeno de las autodefensas. ¿Cuáles son esos momentos?
Empieza con el momento de Puerto Boyacá donde se cuaja un modelo que se reproduce de diferentes formas durante varios años. Otro es la participación de mercenarios, oficiales y exoficiales que empiezan a entrenar paramilitares. Después viene el nacimiento del paramilitarismo liderado primero por Fidel Castaño y luego por sus hermanos, pero partiendo del pueblo de Amalfi, donde nacieron tres familias de paras, los Rendón Herrera, los Castaño, Miguel Arroyave. Se muestra cómo se tejen y entrecruzan sus vidas. Cuento la historia de los paras a través de estas familias y personajes.
Otro momento importante ocurre en Tumaco, Cesar y Cúcuta donde desde el periodismo, el liderazgo social y la justicia tratan de poner freno al paramilitarismo y resisten con su vida esa situación. Ahí se ve el paramilitarsimo desde abajo, desde quienes lo resistieron y la torpeza del Estado al no respaldar a esas personas que en realidad le estaban ayudando a impedir que el fenómeno se extendiera. El último capítulo es sobre la desmovilización paramilitar durante el gobierno Uribe y cómo los paramilitares estaban pensando en ese momento y cómo veían al Estado durante la movilización.
¿Cómo podríamos sintetizar la complejidad del fenómeno paramilitar? 
En el fenómeno paramilitar confluyeron varios intereses. Por un lado intereses de algunos políticos locales que vieron con temor la aparición de nuevas formas políticas más fuertes, más legítimas, muchas de ellas nacidas desde la izquierda desmovilizada, otras desde el liderazgo popular o cívico. Vieron que los amenazaban y quisieron frenarlas a toda costa.
Otro eran los terratenientes o personas que estaban resistiendo cualquier reforma de la propiedad de la tierra, resistieron con mucha fuerza cualquier intento de redistribución de la tierra representado en marchas campesinas, movimientos campesinos, los resistían, desterraban y en este paramilitarismo encontraron eco.
También estaba la ideología de la Guerra Fía en la acción de los militares que sentían que su labor era vigilar el enemigo interno, la ideología comunista, impedir que esta se ampliara.
Estuvo el narcotráfico, que muy hábilmente, por la experiencia de Centroamérica entendió que haciéndose del lado de las autoridades podría estar protegido y sus negocios podrían crecer de manera más próspera, como ocurrió con (Gonzalo Rodríguez Gacha).
Pero todo esto no ocurre solo. No es puramente regional sino que hay una manera de hacer política desde las dirigencias nacionales que permite que este escenario se dé localmente. El gobierno nacional, en lugar de frenar estos procesos, lo que hace es permitirlos a través de legislaciones, políticas equivocadas, delegando al gobierno local sabiendo que no es eficaz.
¿Los nexos entre los paramilitares y las élites fueron lo suficientemente fuertes para que el fenómeno creciera tanto? 
Ese es un tema denunciado hasta el cansancio por muchas otras personas. Está la investigación de Arcoiris sobre la parapolítica, las investigaciones de la Corte Suprema, de la fiscalía sobre cómo han sido los vínculos entre las élites locales y el paramilitarismo.
Mi mirada tiene más que ver con cómo el paramilitarismo copa unos espacios en donde por supuesto hay vínculos con élites locales, en otros casos con militares locales, en otros con empresarios locales, pero lo interesante no es señalar judicialmente que es fulano o mengano, mi punto de vista es político, es un libro político, una mirada política.
Lo que me interesa mirar es por qué los paramilitares pudieron hacer eso, por qué durante cinco o seis años en los Montes de María, que queda a tres horas de Cartagena, hubo 55  masacres y el presidente va a descansar a Cartagena, y toda la élite nacional va a Cartagena, y nadie hizo nada, nadie las frenó.
Por qué un país medianamente civilizado, inteligente, que ha logrado dar educación a una amplia mayoría de sus ciudadanos, responder de alguna manera a una situación financiera estable, capaz de hacer un país más o menos creíble y moderno, ha sido absolutamente incapaz de frenar la barbarie más absurda, más extrema en lugares que le quedan de paso.
¿Qué nos ocurrió? ¿Por qué nos volvimos tan ciegos? Ahí explico cómo se infla el mito paramilitar de que fue una defensa legítima contra la guerrilla para poder justificar esa barbarie, cómo el gobierno nacional deja de ver lo que está pasando.
¿Cuál es la mentira más grande que Colombia se comió de los paramilitares?
La gran mentira fue pensar que eran necesarios. Los líderes locales y nacionales creyeron en un momento dado que la única manera de acabar con la guerrilla, de frenar el abuso, el desmadre, la inhumanidad de la guerrilla, la única manera de frenar eso era creando otro monstruo, aliándose con narcotraficantes y criminales. Fue el peor error de una cantidad de dirigentes de todo tipo. Como lo dijo un señor en el libro de manera muy gráfica: nosotros nos estábamos ahogando con los secuestros, pasaron unos tiburones, nos subimos en tiburón, y después nos dimos cuenta de que eran tiburones.
¿Cuáles son los momentos clave del apoyo internacional al paramilitarismo colombiano?
Documento con bastante detalle lo que fue la parte que nos toca de la Guerra Fría. Hubo cosas comunes entre todo el esfuerzo que hizo EEUU para combatir el gobierno sandinista de Nicaragua, la financiación de los llamados contras o luchadores de la libertad como los llamaba Ronald Reagan, y cómo usaron fondos clandestinos, muchos de ellos provenientes del narcotráfico colombiano, para financiar y apoyar la guerra contra.
Hay muchos testimonios, documentos, que demuestran que estos mercenarios tenían bases comunicantes con Colombia y el modelo de Puerto Boyacá. La traída de esos mercenarios y oficiales israelíes al parecer era el coletazo final de una cantidad de gente que había vivido la Guerra Fría y sigue buscando negocios para vender sus servicios en países que tuvieron problemas similares a donde se había peleado contra el comunismo.
En ese sentido a Colombia le toca su cuota de Guerra Fría y recibe esa cantidad de mercenarios extranjeros. En Colombia encuentran quién les pague, básicamente narcotraficantes con aquiescencia de algunos militares. Terminan entrenando una generación de jóvenes campesinos que ya estaban a sueldo de grupos narcos, pero los especializan, los hacen más sofisticados, más efectivos en el arte de poner bombas, de matar, y después son los responsables de muchos de los magnicidios, de las bombas, de la caída del avión de Avianca. Esos muchachos son los que después protagonizan la gran oleada del narcoterrorismo de finales de los ochenta y principios de los noventa.
¿Durante la ejecución del libro cuál fue la sorpresa más grande que encontró?
Descubrir la conexión entre los ‘Pepes’ (Perseguidos por Pablo Escobar) y paras. El aval semiclandestino que le dieron a los Pepes algunas fuerzas de seguridad terminó avalando a una cantidad de paramilitares que estaban en desbandada o acabados y les permitió reciclarse en la siguiente ola de paramilitares.
**’Guerras Recicladas’ se lanza este jueves dos de octubre en Bogotá con un conversatorio entre la autora y el director de Semana, Alejandro Santos – El próximo domingo, Kienyke.com publicará un capítulo de la obra. Espérelo.

Las alianzas de los Paras y las Farc 1984-1991

Cuando los ‘Paras’ fueron los mejores amigos de las Farc

Una reveladora historia muestra alianzas entre los Castaño y sus enemigos.
Farc y paramilitares
En la guerra todo se vale, aunque aliarse con el enemigo parece una historia de no creer. Testimonios de desmovilizados, tanto ‘paras’ como guerrilleros, sacan a la luz una serie de perversos acuerdos entre las autodefensas de los Castaño y las Farc, que desmoronarían cualquier motivación ideológica de uno u otro grupo ilegal.
La campaña de las autodefensas en el norte de Colombia, en especial la auspiciada por la casa Castaño, tenía como objetivo tutelar exterminar a las guerrillas.
Para finales de los 70, el norte de Antioquia y Córdoba sufrían bajo el azote de las Farc y el EPL. El control territorial de la zona motivó una segunda disputa entre los dos grupos armados, que terminaría por intensificar su actividad de terror en la ruralidad costeña.
A inicios de los 80 la guerra de los Castaño comenzó bajo una supuesta motivación de venganza. La muerte de su padre, Jesús Castaño -quien falleció secuestrado por las Farc-, se supone que detonó el odio contra la subversión y motivó el comienzo de su cacería.
Para ese momento Fidel Castaño, el mayor de los hermanos que pasarían a la historia por comandar el ejército paramilitar que castigó a la Costa Caribe hasta comienzos del siglo XXI, puso en marcha un ejército civil conformado por ganaderos de la región llamado Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU).
La guerra desde el comienzo fue contra todo germen subversivo. Pretendían defenderse de la extorsión, el robo y secuestro que perpetraban en sus tierras los rebeldes. Por ello se situaban en una línea ideológica de derecha extrema.
Sin embargo, hay otras historias que sugieren que después de la muerte del patriarca Castaño, ese linaje constituyó alianzas secretas con las Farc y que, en algunos momentos, buscaron unificarse para luchar contra el Estado.
La primera alianza
El recién publicado libro ‘Guerras Recicladas’, de María Teresa Ronderos, contiene una serie de revelaciones periodísticas e históricas sobre el origen, evolución y decadencia del paramilitarismo en Colombia.
Sus investigaciones están apoyadas por el proyecto Verdad Abierta, que es una de las principales fuentes de información sobre conflicto armado en el país.
Uno de los apartes del libro, llamado “Fidel revalúa sus fidelidades”, presenta una serie de historias basadas en testimonios de desmovilizados y personas muy cercanas a los Castaño Gil, que revelan algunas alianzas que los líderes de las Autodefensas Unidas de Colombia habrían establecido con sus antagonistas naturales: las Farc.
Fidel Castaño
(Archivo) Fidel Castaño Gil, precursor de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU)
La primera de estas alianzas había surgido a mediados de los 80. La batalla por el control de la Costa norte, entre las Farc y el EPL, produjo que entre las dos guerrillas se generaran fuertes enfrentamientos. El EPL conseguía afianzar su hegemonía y estaba siendo capaz de diezmar tanto a la fuerza pública y sus aliados ACCU, como a las Farc.
Fidel Castaño, tratando de evitar la derrota ante el EPL, buscó contactos con dirigentes del Frente V de las Farc -que influía en el Urabá- y les propuso acuerdos territoriales y militares para reducir al EPL.
El primer testimonio que sustenta esta historia lo entregó el exparamilitar Elkin Casarrubia Posada, alias ‘El Cura’, quien hacía parte de las ACCU y se afianzó como cercano a Fidel. Según contó, Fidel Castaño se reunió con Efraín Guzmán, comandante del Frente V, y le prometió dinero, armas y determinado control territorial a cambio de respeto a los paramilitares y sus zonas protegidas.
También tenían que hacer un frente común contra el EPL y las tierras que fueran recuperadas se negociaban para saber bajo qué organización quedaban administradas.
Danis Sierra, alias ‘Samir’, es un exguerrillero de las Farc que por ese entonces era el segundo al mando del Frente V. En una de las audiencias de justicia y paz dijo: “Recuerdo que esa relación era directamente entre Guzmán y Castaño”, según reporta Verdad Abierta.
Sorprende lo temprano que se gestó esta alianza, respecto al inicio de la lucha antisubversiva de las ACCU (el embrión de las posteriormente unificadas AUC).
De acuerdo a esos testimonios, los acercamientos ‘paras’-Farc comenzaron en 1984, ni media década desde el comienzo de esas autodefensas.
Efrain Guzman Nariño
Noel Matta Matta-Guzmán, conocido como Efraín Guzmán, fue comandante del Frente V de las Farc y miembro del secretariado. 
Otro de los exlíderes paramilitares que estuvo muy cerca a los Castaño fue Fredy Rendón Herrera, alias ‘El Alemán’. En testimonios ante la Fiscalía, el excombatiente dijo que la alianza se prolongó varios años después de 1984, casi hasta 1991 cuando se desmovilizó el EPL.
Cuando se acabó la lucha armada del EPL, y de acuerdo a ‘El Alemán’, “Fidel le pide a la guerrilla de las Farc que respetaran lo que iba a hacer el EPL como proyecto político y dejaran libre los territorios que iban a dejar (…) pero las Farc incumplieron los acuerdos y comenzaron a secuestrar a miembros de la familia Castaño”.
La guerra se volvió a encender entre las ACCU y los guerrilleros. Los subversivos también iniciaron una campaña de persecución contra algunos desmovilizados del EPL, y los que sobrevivieron terminaron uniéndosele a los Castaño para evitar la muerte.
¿Fidel Castaño se alió con Manuel Marulanda, ‘Tirofijo’?
La guerra entre ‘paras’ y guerrilla se acentuó entre 1991 y 1993. En ese mismo periodo, Fidel Castaño tenía en mente otro interés especial: acabar con el Cartel de Medellín.
Varias versiones muestran la cercanía de Fidel con los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar) y el Cartel de Cali, para conseguir la cabeza del máximo capo de la historia colombiana.
En ese empeño por cazar a Pablo Escobar, quien fue abatido en 1993, y según el relato de ‘Guerras Recicladas’ de María Teresa Ronderos, Fidel pensó que por haber ayudado a la caída del ‘Patrón’, el Estado colombiano no lo iba a perseguir judicialmente.
Sin embargo, eso no sucedió y sobre el jefe paramilitar pesaron muchas órdenes de captura y condenas por terrorismo.
“Fidel empezó a sentir una desilusión grande por las causas que había enarbolado por tanto tiempo. Le dijo a un confidente que conversó con él por esos tiempos que se había equivocado de causa; que Escobar no se había debido entregar; que el M-19 no ha debido hacer la paz; que él no ha debido enfrentar a las Farc”, escribe la periodista Ronderos.
Ante ese resentimiento con el Estado que ahora lo buscaba como criminal, y según testimonios entregados a Justicia y Paz, Fidel Castaño, el máximo jefe paramilitar de entonces, pidió a sus subalternos buscar un acercamiento con Manuel Marulanda (en ese momento máximo jefe de las Farc), para proponerle una alianza.
El primer testimonio que avala dicha anécdota es el de Jesús Ignacio Roldán Pérez, alias ‘Monoleche’, otro de los hombres más cercanos a los Castaño Gil.
Según dijo, para finales de 1992 Fidel estaba reanudando los contactos con las Farc. Para ello, envió a su hermano Héctor Castaño, ‘El Negro Castaño’, y a ‘Sor Teresa’ Gómez, su cuñada, para encabezar los diálogos preliminares.
FILES-COLOMBIA-FARC-MARULANDA-DEATH
Manuel Marulanda, fundador y máximo dirigente de las Farc. No se ha confirmado si logró -personalmente- entablar diálogo con Fidel Castaño.
Héctor y ‘Sor Teresa’ habrían viajado en helicóptero a Nueva Antioquia, corregimiento de Turbo (Antioquia), a campamentos de las Farc, para concretar los diálogos.
Por su parte, Manuel Arturo Salón, alias ‘JL’, quien fue un sargento retirado del Ejército que se vinculó a los paramilitares en 1989, dijo que cuando los emisarios de Castaño estaban con los voceros de las Farc, “se montaba una radio de frecuencia alta para que Fidel hablara directamente con el comandante del V Frente”. Esas conversaciones, dice ‘HL’, se producían con Fidel desde la finca ‘las Tangas’ (Bastión paramilitar), y los guerrilleros en las selvas del Urabá.
Un paramilitar desmovilizado más, rindió un testimonio muy parecido al de ‘Monoleche’ y ‘HL’, lo que da pistas de la veracidad de dichas conversaciones. Se trata de Jesús Emiro Pereira, alias ‘Huevo e Pisca’, quien cuenta que escuchó en esas conversaciones cómo trataban de delimitar el norte de Antioquia, Chocó y Córdoba, para que las ACCU no se metieran a territorio controlado por las Farc, ni viceversa. Los acuerdos fueron concertados por enviados de confianza de Marulanda.
Ese periodo, 1992-1993, coincide con una curiosa disminución de los enfrentamientos entre ‘paras’ y Farc en la Costa Norte, de acuerdo a observatorios del conflicto armado.
El exparamilitar Roldán ‘Monoleche’ fue más allá en sus testimonios, y aseguró en una audiencia de imputación ante la Sala de Justicia  y Paz en Medellín (abril de 2012), que para sellar los acuerdos, la casa Castaño Gil envió a Nueva Antioquia “camiones que llevaban fusiles y canecas llenas de dólares”.
“Fidel ya es un comandante guerrillero”: Carlos Castaño
Al parecer la insólita alianza entre paramilitares de Castaño y guerrilleros de las Farc estuvo a ‘un pelo’ de firmarse. El fracaso se debió, ni más ni menos, al asesinato de Fidel Castaño en 1994.
El entonces máximo líder de las ACCU murió el 6 de enero en zona rural de Arboletes; la primera versión sobre su desaparición se adjudicaba a combates con rebeldes no desmovilizados del EPL.
Las nuevas tesis que trataron de explicar la muerte del comandante atribuyen la responsabilidad a su hermano menor, Carlos.
Alias ‘Monoleche’ dijo que Carlos Castaño Gil, el más joven del clan, consideró que Fidel ya no servía para el propósito de la lucha contrarrevolucionaria ni el proyecto político de las autodefensas; entonces decidió pedirle a un hombre, conocido con el alias de ‘Salvador’ que había sido mercenario de Pablo Escobar y entrenado por el israelí Yair Klein, que matara a su hermano mayor.
‘Monoleche’ agregó que poco tiempo después, Carlos Castaño temió que se supiera su autoría en la muerte de Fidel; entonces buscó a ‘Salvador’, le tendió una trapa y lo acribilló. Su cadáver lo enterró en una fosa común.
Vicente y Carlos Castaño
Vicente Castaño (izquierda) y Carlos Castaño (derecha), tuvieron grandes discrepancias sobre el financiamiento de las AUC, a costa de alianzas con las Farc y el narcotráfico.
Curiosamente ‘Huevo e Pisca’ también dijo que cuando se estaba por afianzar el nuevo acuerdo entre las Farc y los ‘paras’, Carlos Castaño había comentado con mucha rabia: “Fidel ya es un comandante guerrillero”.
Otras versiones dicen que ante la oposición de su hermano Carlos, Fidel estaba planeando asesinarlo para limpiar el camino que concretara la macabra alianza; sin embargo, el menor se le adelantó.
Durante la primera alianza ‘para’-guerrilla en 1984, Carlos Castaño apenas era un joven de 19 años y no se atrevía a desestimar las pretensiones de su hermano mayor.
Con el tiempo, Carlos se distanció de las visiones de la guerra que tenían sus hermanos Fidel y Vicente, quienes gustaban del narcotráfico para financiar su agrupación y estaban dispuestos a alianzas hasta con las Farc para mantener el negocio.
Otra anécdota presente en el libro ‘Guerras Recicladas’, muestra fuertes discusiones entre Vicente y Carlos, pues el primero le decía que el proyecto debía financiarse con el tráfico de drogas, mientras que el segundo tenía una visión más política e idealista de su agrupación, ya conformada entonces en AUC. “Es un mal necesario, el narco”, le respondía siempre Vicente a Carlos.
Finalmente, hay varios testimonios que hablan de una curiosa visión política de Fidel Castaño, que solo ventilaba con sus más cercanos amigos.
Fidel creía que la dirigencia nacional no era auténtica pues no se preocupaba por hacer cambios sociales necesarios, así que la lucha debería ser contra la oligarquía que gobernaba el país, una idea similar a la de las Farc.
“(Decía) que se sentía usado por esa oligarquía para acabar con la guerrilla y con Escobar, y ahora que estaba lleno de dinero, se sentía potente para revolucionar y destronar al establecimiento”, dice el libro.
Ideas coincidentes con las motivaciones guerrilleras pondrían en duda los estímulos políticos e ideológicos reales del origen del paramilitarismo en Colombia.

domingo, septiembre 28, 2014

Verdad, Justicia y Reparación // Delitos de Lesa Humanidad // Lo que nunca se debió ni perdonar ni olvidar


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Domingo 28 de Septiembre de 2014 - 02:01 AM

Los últimos días del C ó n d o r

El 10 de septiembre de 1956 en que lo mataron a 35 pasos de su casa en Pereira, León María Lozano, más conocido y temido en todo el país por el remoquete de “El Cóndor” (rey de los pájaros), se levantó, como de costumbre, poco antes de la 5 de la mañana ( no necesitaba despertador; todas las noches
antes de acostarse y después de rezar con mucha convicción la misma oración que rezaba desde niño: “Con Dios me acuesto,/ con Dios me levanto,/ la Virgen Santísima me cubre con su manto…”, les pedía a las almas del Purgatorio que lo despertaran a la misma hora). Había dormido mal. El asma que padecía desde sus tiempos escolares, a pesar del fuelle que utilizaba para darse aire, le había impedido conciliar el sueño. “Ayer domingo se acostó como a las ocho de la noche, pero se la pasó forcejeando con su respiración hasta llegada la una de la madrugada”, me dijo, ahogada por el llanto, su esposa Agripina, una hora después de su muerte, cuando el cuerpo acribillado, sin que se hubiera efectuado su levantamiento, fue traído por vecinos caritativos desde el interior de la tienda donde había sido ultimado y colocado sobre la cama matrimonial. Allí permaneció hasta que llegaron las autoridades, practicaron las primeras diligencias legales, después de increpar a quienes habían movido al muerto del lugar en que cayó, y dispusieron su traslado a Medicina Legal. Yo, aún inexperto reportero y estudiante de derecho, había llegado de Bogotá quince días antes. Supe la noticia en mi casa de la calle 19 con carrera quinta por el alboroto radial que armó La Voz del Pueblo, al que siguió el tono atropellado del jefe liberal Camilo Mejía Duque aconsejándoles a sus copartidarios que se pusieran a salvo de posibles represalias. Desoyendo la opinión adversa de mi padre, me fui en volandas hasta la casa del Cóndor (ocho días antes yo había logrado la proeza de entrevistarlo en la Cafetería La Paz, situada en la carrera séptima con calle catorce, y él mismo me había dado su dirección. Calle y casa desbordaban de amigos y curiosos. Para abrirme paso, le fui diciendo a todo el que se me atravesaba que yo venía del periódico La Patria, y a empellones y codazos pude llegar hasta la alcoba donde la viuda, sentada en un taburete frente a los despojos sangrantes de su marido, respondía, entre sollozos, las preguntas que se le hacían. “Desde que se acostó hasta que se levantó no hizo sino toser; le silbaba el pecho y se incorporaba en la cama alzando los brazos, como pidiendo auxilio o misericordia”, me dijo, sin que yo le preguntara. Nada hacía pensar, sin embargo, que la vida de este individuo, a quien se le atribuía la muerte violenta de miles de personas, estuviera a punto de terminar, también violentamente. León María no había manifestado ninguna inquietud sobre su seguridad personal, aun cuando sabía que sus enemigos eran incontables y muchos y desconocidos los que tenía en Pereira. Despertó con dolor de cabeza y aún así se bañó a las carreras con agua tibia, se afeitó y se puso el mismo pantalón que se había puesto el día anterior, pantalón de paño gris y una franela blanca, un tanto raída. Y metió sus pies, de uñas mal cuidadas, en arrastraderas de caucho. En su cuello no le faltó nunca el escapulario protector de la Virgen del Perpetuo Socorro, y fuera de su casa siempre llevó colgada sobre el hombro una toalla húmeda para secarse el sudor. Ni reloj de pulso en su mano izquierda. Ni argolla de matrimonio. Las manos toscas de menestral.
APEGADO A SU PUEBLO
León María Lozano había nacido y vivido en Tuluá y por nada del mundo había querido moverse de allí. Era hijo de Benito Lozano, antiguo contador del Ferrocarril del Pacífico y jubilado meritorio que gastaba sus últimas tardes –sus ojos sin lumbre- escuchando la algarabía de las bandadas de garzas que volaban hacia el sur entre los vientos luminosos del Pacífico. Se inició como pequeño empleado de comercio; se hizo más tarde empresario y obtuvo permiso para instalar y atender personalmente una venta de quesos en el interior de la plaza de mercado. Temperamento religioso y pacífico, asistía a misa todos los días y comulgaba con frecuencia. No se le conocieron malquerientes. Todo el mundo sentía aprecio por su espesa y efusiva persona. Nadie supo a qué horas y por qué motivos de la noche a la mañana dejó de ser un hombre respetuoso, gentil y servicial, un buen ciudadano, para convertirse en el peor criminal que haya ensangrentado la historia de Colombia y, por supuesto, la del Valle del Cauca, marcada con oro eterno por la pluma inmaculada de Isaacs. Hasta su tierna novela, de la que se dice que habría sido escrita sobre la rodilla de los ángeles, fue mancillada por el crimen. Opinan algunos que el sectarismo político que “le torció el alma” a León María Lozano le comenzó el 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Gaitán desató una incontrolable reacción popular que en muchos lugares del país causó desolación y ruina. En Tuluá, una turba enardecida intentó incendiar y destruir un colegio regentado por una comunidad religiosa y colgar de las vigas de los templos en los que ejercían su ministerio a varios sacerdotes. León María Lozano, “comerciante de quesos de la galería”, habría puesto en fuga a los energúmenos arrojándoles un taco de dinamita. Difieren otros de este concepto. Dicen que el episodio de valor personal y de fervor católico lo que hizo fue remover hasta ponerla en carne viva una larvada sensibilidad política que le venía por la sangre desde su abuelo paterno, combatiente conservador que pereció en la bárbara batalla de Los Chancos. Como quiera que sea, el hecho fue que León María Lozano ¡se volvió un monstruo!
El poder por asalto
Algunos lo previeron, pero pocos se dieron cuenta de que León María Lozano, individuo casi analfabeto, se tomó por asalto la jefatura de su partido en Tuluá y la del Valle del Cauca y dio comienzo a una etapa de acoso y de persecución contra los liberales y a una espantosa degollina como no se había registrado jamás en el país; menos en el Valle del Cauca, donde las luchas políticas fueron tradicionalmente ardorosas, pero incruentas.
Muchos no recuerdan, y los jóvenes no tienen memoria para lo que fue el drama de Tuluá y su extensión a diversas partes de Colombia. Muertos y más muertos. Bala y cuchillo. Los lugartenientes del Cóndor se habían especializado en una diversidad de excesos criminales. Por ejemplo: Pájaro Azul les cortaba a sus víctimas los órganos sexuales, la lengua y las orejas y se los tiraba a su perro “gavilán”; Pájaro Verde decapitaba con una perfecta habilidad quirúrgica; Lamparilla les abría un tajo en la garganta por el cual les sacaba la lengua, el “corte de corbata”; el Vampiro bebía sangre del que acababa de matar; Alfredo Rojas, el más cruel de todos, el más perverso, les amarraba las piernas a la nuca, los violaba, los castraba y los dejaba desangrarse en plena vía pública. Eran centenares los asesinos pagados por el Estado, bajo las órdenes de León María Lozano, a cuya casa llegaban de Cali, en vehículos oficiales, armas y municiones. El periódico Relator los bautizó con el nombre de “Pájaros” y a su jefe o rey “El Cóndor”. ¡Pájaros!. Acaso por su agilidad, por su volátil rapidez que les permitía matar aquí y allá, con la complacencia de las autoridades y sin riesgo de ser detenidos. León María Lozano me había dicho días antes, en la entrevista a que antes me referí: “El Cóndor”. “No me chocaría ese apodo, si no tuviera la mala intención que tiene”.
Muertos y más muertos. Nadie quedaba herido. Las armas eran de la mejor marca y los hombres que las accionaban, certeros, no fallaban un tiro. El médico y dirigente liberal Ignacio Cruz me dijo tiempo después, cuando yo dirigía en Cali un diario liberal, que llegó un momento en que el cementerio de Tuluá se llenó hasta los topes con los muertos de esa ciudad y hubo necesidad de recurrir a los cementerios de localidades cercanas, como Riofrío, Trujillo, Bolívar, La Unión, Roldanillo y hasta Cartago, todos los cuales ya casi sin dónde sepultar a sus propios difuntos. “Durante el reinado del Cóndor, que duró varios años, tuvimos en el Valle no menos de cinco mil muertos, en gran parte oriundos o vecinos de Tuluá” me dijo el doctor Cruz.
La carta suicida
Una decena de dirigentes de Tuluá le envió una carta a la revista norteamericana Life denunciando la crítica situación de esa ciudad en las manos criminales del Cóndor, a quien ya se candidatizaba para gobernador del Valle. La revista envió a un reportero que, al parecer, no alcanzó a entrevistarse con León María, pero escribió y publicó una excelente crónica que intituló “La tierra del Cóndor, el jefe de los Pájaros”. Su texto y sus fotos no le gustaron a León María, e instruyó a su abogado Gustavo Salazar García, para que demandara a Life. En cuanto a la carta, ésta llegó a poder de El Tiempo y el diario colombiano la publicó. Tampoco le gustó a León María. Pero la taza se rebosó con el asesinato del radioperiodista Pedro Alvarado. Alvarado calificó de afrenta a la decencia pública la expedición del decreto 1453 por medio del cual el gobierno nacional confirió la Cruz de San Carlos “al ilustre colombiano don León María Lozano”. El gobernador del Valle viajó de Cali a Tuluá a imponer ese galardón. Alvarado fue abatido a tiros cuando cruzaba el llamado “Puente Blanco”. Lo mató, por orden del Cóndor, Lamparilla. En cuanto a los firmantes de la carta suicida fueron eliminados uno tras otro.
La Habana-Cúcuta-Pereira
El presidente Rojas Pinilla, amigo y protector del Cóndor, decidió sacarlo de Tuluá. Nombró a Amapola, su hija, en un cargo diplomático en Cuba, con la condición de que se llevara a su padre. León María no se amañó en La Habana y le pidió a Rojas que lo devolviera a Colombia. Rojas repatrió a Amapola y la trajo a Cúcuta como jefe del SIC. León María tampoco se amañó en Cúcuta y Rojas lo situó en Pereira. Don Jesús Valencia, propietario de la casa de la calle 14 número 4-72 que le arrendó al SIC para vivienda de León María, me dijo en los días que siguieron a su muerte que El Cóndor no parecía ser lo que era. Taciturno sí y de pocas palabras, pero afable al tratarlo. “Yo vivía a continuación de su casa”, me dijo don Jesús, “y como él hablaba muy duro, lo escuchábamos todos los días cuando llamaba al presidente por teléfono y le imploraba que le permitiera volver a Tuluá”. Rojas le respondía que lo que hacía era protegerle la vida. Que se serenara y mirara las cosas con seriedad. Hasta el sábado 8 de septiembre llamó al presidente insistiéndole en que quería regresar a su casa de Tuluá.
En Pereira
La vida del Cóndor en Pereira fue breve y rutinaria. Abandonaba su casa al filo de las seis de la mañana, escoltado por dos hombres con metralletas. Subía, chancleteando, los 220 metros que lo separaban del templo de la Valvanera. Asistía a la misa que oficiaba el párroco Benjamín Peláez Gómez. Salía de la iglesia a las 6.30 a.m., e iba a sentarse en el mismo lugar y a la misma mesa de la Cafetería La Paz.
Allí lo esperaban muchos de sus amigos y copartidarios de esta ciudad. Tomaba un tinto cerrero, espeso y sin azúcar. Se informaba sobre la situación política en el país y preguntaba sobre la política de Pereira. Finalmente, se despedía de cada uno de sus acompañantes y regresaba a su casa. Pero antes de “encerrarse”, como el decía, entraba a una pequeña tienda en la carrera quinta con calle catorce. Saludaba a su dueño, don Delfín Ramírez y, de pie junto al mostrador, dando la espalda a la carrera quinta, se tomaba un aguardiente doble. “Era su costumbre diaria”, me dijo don Delfín. “Eso sí, nunca me habló de política”.
El día final
El día en que lo mataron, me dijo el padre Peláez Gómez, León María entró a la iglesia sin sus escoltas. Oyó la misa, muy atento a la celebración y antes de salir se arrodilló ante la urna del Santo Sepulcro, se echó la bendición y salió a la carrera séptima por la puerta izquierda. “Vino a la cafetería y tomó el camino de su casa sin los muchachos que lo cuidaban”, me dijo Hernando López Molina, uno de sus contertulios. “No llegaron cumplidos esos güevones y tuve que venirme solo, contrariando a mi mujer”, le dijo León María a López Molina. En efecto, Agripina le suplicó que no se aventurara sin sus ángeles de la guarda. “Espere, mijo, a que lleguen”, le dijo. Pero León María Lozano, el rey de los pájaros, el amigo del presidente de Colombia, el jefe de todo el mundo en el Valle del Cauca, no le oía consejos a nadie, menos a su mujer, Agripina Salgado. Era férreo el concepto de su autonomía y de su poder. El lunes diez de septiembre inició su regreso a casa. Bajó por el andén derecho de la calle catorce hasta la tienda de don Delfín Ramírez, diagonal a su casa. Pidió su habitual aguardiente doble. Alzó la copa para apurarlo y en ese momento preciso, me dijo el inspector de Permanencia, Rogelio Bravo Ángel, una doble ráfaga de disparos “lo volvió un colador”. Dos hombres dispararon al mismo tiempo. Uno por la puerta de la carrera quinta. El otro por la puerta de la calle catorce. Doce impactos de bala en total. Seis de revólver de calibre 38 largo, seis de pistola 357 Magnum, de proyectiles blindados capaces de derruir un muro de cemento.
Eran las 7.22 minutos de la mañana. Caía sobre Pereira una llovizna agujereante.
El asesinato del Cóndor dio origen a una ruidosa situación de orden público. En pocas horas llegaron a Pereira numerosos buses-escalera repletos de Pájaros del Valle. Hicieron unos cuantos tiros al aire y rompieron avisos comerciales en las carreras séptima y octava, pero fueron expulsados por el ejército y su comandante el Coronel Carlos Sus Pacheco, a instancias del alcalde don Lázaro Nicholls. El ejército, además, se apoderó del cadáver de León María, que lo querían retener los pájaros y le dio sepultura no se supo dónde.
Un poeta popular, Feliciano Ocampo, dijo desde su mesa del Café El Patio en la plaza de Bolívar:
“Del Cóndor que era el peor pistolero
no quedó en Pereira ni siquiera el plumero”.
Publicada por
MIGUEL ÁLVAREZ DE LOS RÍOS